Somos de kanallismo mediterráneo. Ese de sentarnos a la mesa y dejar que la vida ocurra entre plato y plato. De ir probando, ese sabor por aquí y otro por allí, mientras la conversación se arranca y el tiempo pasa descaradamente. De sentir la desfachatez de que pasen las horas, construyendo relaciones entre mordisco y mordisco, sin más y con todo. Y de vivir la vida a bocados y sorbos de vino. Y cuando todo pasa, también todo queda. Lo comido, lo bebido, lo vivido. Ese carmín de labios estampado en la copa, ya vacía. Esas pinceladas fruto de unos dedos escurriendo el plato. Unos chorretones en la servilleta de papel y unas migajas esparcidas como testigos de la historia vivida.